La operación dió resultado, porque un mes después un comerciante rico se llevó á la muchacha á Madrid y la puso un gran tren.
Entre algunas mozas del pueblo, compañeras de la otra, se supo lo ocurrido, y se creyó que don Miguelito tenía algo de brujo.
Los amores de don Miguelito eran como no podían menos de ser extraordinarios y raros.
Don Miguelito había galanteado durante algún tiempo á una gitana del barrio del Castillo, á quien llamaban Fabiana la Cañí.
Esta Fabiana era una muchacha preciosa, de piel cobriza y ojos verdes.
Don Miguelito había llegado á hacerse amigo del Ajumado, un esquilador de burros, padre de la Fabiana.
El Ajumado y don Miguelito se entendían; al esquilador le parecía natural que al payo le gustara la mocita de su casa, y se dejaba convidar y contemplar.
La madre de la Fabiana, la Pelra, era una gitanaza que se dedicaba á comprar y á vender viejos cachivaches, á freír morcillas y churros; á la abuela, gitana legítima, que odiaba el trabajo como buen ejemplar de su raza, la decían en la calle la Zincalí, y tenía por oficio echar la buenaventura en las ferias, vender la raíz del Buen Varón y la Hierba de Satanás y arrobiñar lo que podía.
Don Miguelito hablaba con la vieja gitana de magia y de astrología, y la dejaba llena de espanto.
El le enseñó en qué ocasiones se debían emplear las siete palabras mágicas principales: Abracadabra, Jehová, Sator, Arepo, Tenet, Opera y Rotas.