Al poco tiempo la gente averiguó el noviazgo, los camaradas le desdeñaron y las personas que pasaban por serias comenzaron á decir:
—No, no, Miguel no es tonto; si quiere se hará un hombre de provecho.
Miguelito dejó de frecuentar sus antiguos amigos, y reanudó sus amistades con un clérigo que había estudiado con él en la escuela. Este clérigo, D. Víctor, vivía en casa del guardián de la Catedral, y era hombre estudioso é ilustrado.
A Miguelito le trataba muy ásperamente.—Botarate, aprendiz de mago, majadero—le solía decir con voz iracunda.
—Sí, tienes razón—contestaba Miguel—; soy un mentecato.
—Vale más que lo confieses—le decía el cura.
—Pues lo confieso. He llegado á los veintisiete años sin oficio ni beneficio. He perdido el tiempo en pasear, en hablar y en hacer versos...
—Y versos malos.
—Cierto, versos malos. Te advierto que todas mis vanidades antiguas se han deshecho: no me importa que me llames mal poeta ni mal astrólogo. No me hace mella.
Miguel no pensaba más que en encontrar un medio de ganar la vida con independencia ¡tenía tan poca base! ¡Era tan difícil hacer algo de provecho en Cuenca! Se le ocurrió marcharse á Madrid, pero no se atrevió á decírselo á su madre, porque hubiera sospechado que el viaje era pretexto para otra calaverada.