Lo sancionado por la fuerza de la costumbre, aunque fuera una enormidad, siempre le parecía bien; la transgresión nueva le indignaba.
Don Víctor era atrevido y valiente. En un período de guerra no hubiese tenido inconveniente en lanzarse al monte.
A pesar de haber sido laminado y destrozado por la educación teocrática, D. Víctor era archiabsolutista y teócrata; creía que la iglesia debía ser Imperium in imperio, y que era ella la única encargada de dirigir la vida de los hombres hasta en sus más pequeños detalles.
Don Víctor y Ginés se entendían bien. Discutían y á veces se insultaban, porque Ginés se sentía bastante anticlerical. Ginés le llamaba á D. Víctor curiato, clericucho, y D. Víctor le decía chupacirios, sacaperros, menos cuando le quería halagar, porque entonces le llamaba fortunate senex, y algunos otros elogios en latín.
Don Víctor era hombre aficionado á paseos solitarios; salía por la tarde á las afueras y volvía al anochecer curioseando, mirando al fondo de las tiendas, de las tabernas y de las botiguetas de las calles.
VII.
LA BIBLIOTECA DE CHIRINO
El cuarto que la Dominica destinó á D. Víctor en su casa fué un guardillón bajo de techo y lleno de armarios, que tenía dos ventanas enrejadas abiertas sobre el solar de la casa derruída, convertida en huerto.