—Puede usted desmandarse impunemente. Hágalo usted así como si las frases se le escaparan á usted involuntariamente, ex abundantia cordis. Le conviene esto. Con la alocución la gente olvidará las hablillas de las que doña Cándida y usted han sido víctimas.

Esta palabra víctimas, el secretario del obispo la recalcó con cierta ironía.

Sansirgue aceptó el pensamiento de Portillo y se puso á preparar su plática, tomando párrafos de aquí y de allí, en la colección de sermones que guardaba Chirino. Escribió el comienzo y el final de su discurso y se los aprendió de memoria.

El secretario hizo correr la voz por el pueblo de que el sermón del penitenciario produciría gran efecto, y el domingo el público llenó la catedral.

Don Víctor fué de los que con más atención contempló á su orgulloso compañero de hospedaje. Estaba con Miguel y Luis Torralba cerca de una columna de la nave central.

Subió Sansirgue las escaleras del púlpito con un aire de orgullo, de terquedad y de dominio.

—Es un patán que va á trabajar al campo—dijo D. Víctor—no el inspirado que se dispone á hablar al pueblo desde la montaña.

Comenzó su discurso Sansirgue con una voz ronca y áspera que quería ser insinuante. No dominaba bastante la técnica oratoria para redondear los períodos, ni se valía con oportunidad de los silencios estudiados y sabios, ni tenía ademanes sencillos; no sabía hacer un sermón de orador artista, pero estuvo relativamente bien.

Rezó después, y al levantarse comenzó la segunda parte del discurso. Se vió aquí que ya no repetía lo aprendido de memoria, sino que improvisaba. Las oraciones salían á veces cojas y defectuosas, las repeticiones abundaban; pero la temperatura del sermón subía y llenaba la nave de la catedral. La cólera daba elocuencia y fuerza al penitenciario. Su voz se había entonado, caldeado, y vibraba en el ámbito de la iglesia como una trompeta guerrera.