Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa próxima a una puerta que daba a un callejón.
La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían Matilde porque era más bonito. Tenía diez y seis años y vivía en la calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba a las dos; para cuando ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta el anochecer; vendía una mano de Heraldos y diez Corres, y luego... lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba a su madre, y cuando ésta suponía algún engaño le daba unas cuantas tortas.
Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin comprender apenas lo que le hablaban.
Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado a quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.
La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un puesto de periódicos, que prestaba un duro a los chicos que vendían el Blanco y Negro por la mañana, y que por la noche le tenían que devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.
Mientras hablaba Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile, aunque ya no recordaba dónde.
—Vamos a ese baile—dijo.
—¿A cuál? ¿Al del Frontón?
—Sí.
—Hale.