Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.

—Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va a armar una chillería de dos mil demonios.—dijo Manuel—¡Vaya un genio que tiene!

—¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de que la chiquita esté en casa, porque así le defiende a la Fea, que es más infeliz... Y a ti, ¿cuánto te queda de la quincena?—preguntó el cajista a Manuel.

—¿A mí? Ni un botón.

Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que agarrando del brazo a su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le quería como a un hermano.

—Y, ¡maldito sea el veneno!—concluyó diciendo—, si yo no soy capaz de hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes un botón, vale más para mí que lo del héroe de Cascorro.

Manuel, conmovido por estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto a todo.

Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad, entraron los dos en una taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron otras copas de aguardiente.

Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban completamente borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro, reclamándoles a ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús la contestó, en broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que pagaban o se marchaban a la calle, y el cajista le replicó que les echara si se atrevía.

La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la espalda, puso a los dos en la calle.