En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha; pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que saltaban y volaban en el aire.

Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de faroles de gas, y a trechos núcleos de luces como islas brillantes en medio de la obscuridad. En la Ronda solitaria se oía muy de tarde en tarde el paso precipitado de algún transeúnte y los ladridos lejanos de los perros.

Se le ocurrió a Manuel ir a la taberna de la Blasa. En vez de tomar por el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada con faroles de petróleo, que pasaba al lado de la Fábrica del Gas.

Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se levantaban los soportes, que en la obscuridad producían un efecto extraño.

No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron andando los tres por la Ronda de Toledo; pasaron frente a una fábrica, cuyas ventanas vertían una luz violenta de arco voltaico en la negrura de la noche.

En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones de humo por la chimenea.

—No debía haber fábricas—dijo Jesús con una indignación súbita.

—¿Y por qué?—preguntó don Alonso.

—Porque no.

—¿Y de qué va a vivir la gente? ¿Qué se va a hacer la industria si no hay fábricas?