Se destacó el Hospital general, con su sombría mole y sus ventanas iluminadas por luces mortecinas.

—Ahí siquiera no se debe tener frío—murmuró el Hombre Boa con tono jovial, que sonaba a dolorida queja.

Comenzaba a clarear; iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban a lo lejos...

CAPÍTULO VIII

Las cuevas Del Gobierno civil.—El repatriado. La sopa del convento.

Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban a dormir a las iglesias. Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San Sebastián, llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó a una pareja de Orden público. Don Alonso trató de demostrar a los guardias que era una persona, no sólo decente, sino importante; mientras él peroraba, Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana.

—En la Delegación contará todo eso—contestó el guardia a las explicaciones del Hombre Boa.

Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha a un cuarto donde garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos a don Alonso y a Manuel sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente posible.

—Usted, el viejo, ¿cómo se llama?—dijo uno de los escribientes.

—¿Yo?—preguntó el Hombre Boa.