—¿Sabes?—dijo Vidal—. Se me ha ocurrido una cosa para quitar la mala impresión de esto: ir a merendar esta tarde.
—¿Adónde?—preguntó Manuel.
—Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te parece?
—Muy bien.
—¿La Justa no tendrá nada que hacer?
—No.
—Bueno. Pues, entonces, al medio día estamos todos en el merendero de la señora Benita, que está cerca del Embarcadero y del puente del Sotillo.
—Ahora vamos a dormir un rato.
Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa, y fueron al merendero; todavía no había llegado nadie.