—¿Eh?
—Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con todas, yo me he permitido llevarme éstas a casa.
—¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen a usted unas botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos lavadas... ¡Dios de Dios!—y Mingote quedó mirando el techo con uno de los ojos extraviados.
—¿No le queda a usted ninguna?—dijo el amanuense.
—Sí, pero se me van a acabar en seguida.
Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto, accionando con su junquillo e interrumpiendo con frecuencia su discurso para lanzar un violento apóstrofe o una cómica reflexión.
Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se fué sin saludar ni decir una palabra.
Mingote puso una mano sobre el hombro de Manuel y paternalmente añadió:
—Anda, ve a tu casa a comer y vuelve a eso de las dos.
Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la una y media volvió a casa de don Bonifacio y, entre bostezo y bostezo, siguió poniendo nombres en las circulares.