(Obras son amores y no buenas razones.)
Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6.
—¿Eh?—gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer—. ¿Qué te parece? Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo le encontraré a usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha. ¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de todas las propiedades?
Mingote no enseñó a Manuel una nota impresa al margen de la circular. Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía a los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su educación; a los que querían realizar un buen matrimonio; a los que dudaban de su cónyuge, y a otros, a los cuales la Agencia ofrecía investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza delirante.
A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado a él.
—¿Ves? No se puede vivir—terminó diciendo—. Todos los hombres son unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.
Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella noche.
—Mañana, cuando vengas aquí—advirtió don Bonifacio—, coges un paquete de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y preguntas. ¿Entiendes?
—Sí, señor.
—Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto.