—El rubio... el estudiante amigo de don Telmo.

—¿El niño litri aquél?... ¡yo que sé!

—¿Ni donde trabaja tampoco?

—Creo que da lecciones en la academia de Fischer.

—No sé en qué sitio está esa academia.

—Me parece que en la plaza de Isabel II—contestó el Superhombre de un modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y entraba.

Manuel fué a la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en la calle del Espíritu Santo, en el número 21 o 23, no sabía a punto fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.

Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila a los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates a voz en grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con la cesta en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, y el gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un espectáculo abigarrado y pintoresco.

Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates, preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y enterarse allí.

Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el extremo de una escalera sucia y oscura se encontró con un pasillo en donde charlaban unas cuantas viejas.