—Estas moscas fastidiosas—contestó el campesino seriamente.
—Pero si no hay moscas.
—Sí las hay, sí—replicó el hombre, dando de nuevo con el pañuelo.
El posadero advirtió, riendo, a Martín y a Bautista que, como en Amezqueta había tantas moscas de macho, a los del pueblo les llamaban, en broma, euliyac (las moscas), y que por eso el tipo aquel chistoso sacudía las mesas y las sillas con el pañuelo, al entrar dos amezquetanos.
Rieron Martín y Bautista, y el campesino contó una porción de historias y de anécdotas.
—Yo no sé contar nada—dijo el hombre varias veces—. ¡Si estuviera Pernando!
—¿Y quién era Pernando?—preguntó Martín.
—No habéis oído vosotros hablar de Pernando de Amezqueta?
—No.
—¡Ah! Pues era el hombre más gracioso de toda esta provincia. ¡Las cosas que contaba aquel hombre!