—Está bien. Puede usted retirarse.

Saludó Martín y se fué a la posada. A la puerta se encontró con el extranjero.

—¿Dónde se mete usted?—le dijo—. Le andaba buscando.

—He ido a ver al general en jefe.

—¿De veras?

—Sí.

—¿Y le ha visto usted?

—Ya lo creo. Y le he dado las cartas que traía para él.

—¡Demonio! Eso sí que es ir de prisa. No le quisiera tener a usted de rival en un periódico. ¿Qué le ha dicho a usted?

—Ha estado muy amable.