—Estoy herido—murmuró el enfermo.

—¿Quiere usted alguna cosa?

—Agua.

A Martín le dió la impresión de conocer esta voz. Buscó por la sala una botella de agua, y como no había en el cuarto, fué a la cocina. Al ruido de sus pasos, la voz de la patrona preguntó:

—¿Qué pasa?

—El herido que quiere agua.

—Voy.

La patrona apareció en enaguas, y dijo, entregando a Martín una lamparilla:

—Alumbre usted.

Tomaron el agua y volvieron a la sala. Al entrar en la alcoba, Martín levantó el brazo, con lo que iluminó el rostro del enfermo y el suyo. El herido tomó el vaso en la mano, é incorporándose y mirando a Martín comenzó a gritar: