Uno de los nudos debía de haberse soltado porque le quedaba un trozo de cuerda entre los dedos. Se levantó.
—No hay avería. No me he hecho nada—se dijo—. Al pasar por cerca de la fuente de la plaza tiró el resto de la cuerda al agua. Luego, deprisa, se dirigió por la calle de la Rua.
Iba marchando volviéndose para mirar atrás, cuando vió a la luz de un farol que oscilaba colgando de una cuerda dos hombres armados con fusiles, cuyas bayonetas brillaban de un modo siniestro. Estos hombres sin duda le seguían. Si se alejaba iba a dar a la guardia de extra-muros. No sabiendo qué hacer y viendo un portal abierto, entró en él, y empujando suavemente la puerta, la cerró.
Oyó el ruido de los pasos de los hombres en la acera. Esperó a que dejaran de oirse, y cuando estaba dispuesto a salir, bajó una mujer vieja al zaguán y echó la llave y el cerrojo de la puerta.
Martín se quedó encerrado. Volvieron a oirse los pasos de los que le perseguían.
—No se van—pensó.
Efectivamente, no sólo no se fueron, sino que llamaron en la casa con dos aldabonazos.
Apareció de nuevo la vieja con un farol y se puso al habla con los de fuera sin abrir.
—¿Ha entrado aquí algún hombre?—preguntó uno de los perseguidores.
—No.