—Eso te pregunto yo, ¿dónde estás?—contestó Bautista.

—¿Y Catalina?

—¡Qué sé yo! Yo creí que tú sabrías dónde estaba, que os habíais marchado los dos sin decirme nada.

—¿De manera que no sabes?…

—Yo no.

—¿Cuándo hablaste tú con ella por última vez?

—El mismo día de llegar aquí; hace ocho días. Cuando tú te fuistes a comer a casa de la señora de Briones, Catalina, la monja y yo nos fuimos a la fonda. Pasó el tiempo, pasó el tiempo y tú no venías.—¿Pero dónde está?—preguntaba Catalina.—¿Qué sé yo?—la decía. A la una de la mañana, viendo que tú no venías, yo me fuí a la cama. Estaba molido. Me dormí y me desperté muy tarde y me encontré con que la monja y Catalina se habían marchado y tú no habías venido. Esperé un día, y como no aparecía nadie, creí que os habíais marchado y me fuí a Bayona y dejé las letras en casa de Levi-Alvarez. Luego tu hermana empezó a decirme:—¿Pero dónde estará Martín? ¿Le ha pasado algo?—Escribí a Briones y me contestó que estabas aquí escandalizando el pueblo, y por eso he venido.

—Sí, la verdad es que yo tengo la culpa—dijo Martín—. ¿Pero dónde puede estar Catalina? ¿Habrá seguido a la monja?

—Es lo más probable.

Martín, al encontrarse con Bautista y hablar con él, se sintió fuera de la influencia del hechizo de Linda y comenzó a hacer indagaciones con una actividad extraordinaria. De las dos viajeras del hotel, una se había marchado por la estación; la otra, la monja, había partido en un coche hacia Laguardia.