Martín retrocedió espantado; el domador le contemplaba con una sonrisa feroz. Martín recordó el sitio por donde entró y empujando violentamente la lona la abrió y salió fuera de la barraca. El domador quedó chasqueado. Dió después Martín la vuelta al prado de Santa Ana, hasta detenerse prudentemente a quince o veinte metros de la entrada del circo.

Al ver a Linda le dijo:

—¿Quieres venir?

—No puedo.

—Pues ahora te traeré las cerezas.

En el momento que hablaban apareció corriendo el domador, pensó sin duda en abalanzarse sobre Martín, pero comprendiendo que no le alcanzaría se vengó en la niña y le dió una bofetada brutal. La chiquilla cayó al suelo. Unas mujeres se interpusieron é impidieron al domador siguiera pegando a la pobre Linda.

—Tó lo has metido dentro, ¿verdad?—gritó el domador en francés.

—No; ha sido él que ha entrado.

—Mentira. Has sido tú. Confiesa o te deslomo.

—Sí, he sido yo.