—Sí, sí, ya te compraré.
—¿Ya sabes francés?
—Ahora empiezo a hablar.
Martín se estaba haciendo un hombretón, alto, fuerte, decidido. Abusaba un poco de su fuerza y de su valor, pero nunca atacaba a los débiles. Se distinguía también como jugador de pelota y era uno de los primeros en el trinquete.
Un invierno hizo Martín una hazaña, de la que se habló en el pueblo. La carretera estaba intransitable por la nieve y no pasaba el coche. Zalacaín fué a Francia y volvió a pie, por la parte de Navarra, con un vecino de Larrau. Pasaron los dos por el bosque de Iraty y les acometieron unos cuantos jabalíes.
Ninguno de los hombres llevaba armas, pero a garrotazos mataron tres de aquellos furiosos animales, Zalacaín dos y el de Larrau otro.
Cuando Martín volvió triunfante, muerto de fatiga y con sus dos jabalíes, el pueblo entero le consideró como un héroe.
Tellagorri también fué muy felicitado por tener un sobrino de tanto valor y audacia. El viejo, muy contento, aunque haciéndose el indiferente, decía:
Este sobrino mío va a dar mucho que hablar. De casta le viene al galgo.
Porque yo no sé si vosotros habréis oído hablar de López de Zalacaín.
¿No? Pues preguntadle a ese viejo Soraberri, ya veréis lo que os
cuenta…
—¿Y qué tiene que ver ese López con tu sobrino?—le replicaban.