—Ahora—prosiguió Tellagorri—te voy a decir una cosa y es que antes de poco habrá guerra. Tú eres valiente, Martín, tú no tendrás miedo de las balas. Vete a la guerra, pero no vayas de soldado. Ni con los blancos, ni con los negros. ¡Al comercio, Martín! ¡Al comercio! Venderás a los liberales y a los carlistas, harás tu pacotilla y te casarás con la chica de Ohando. Si tenéis un chico, llamadle como yo, Miguel, o José Miguel.

—Bueno—dijo Martín, sin fijarse en lo extravagante de la recomendación.

—Dile a Arcale—siguió diciendo el viejo—dónde tengo el tabaco y las setas. Ahora acércate más. Cuando yo me muera, registra mi jergón y encontrarás en esta punta de la izquierda un calcetín con unas monedas de oro. Ya te he dicho, no quiero que las emplees en tierras, sino en géneros de comercio.

—Así lo haré.

—Creo que te lo he dicho todo. Ahora dame la mano. Firmes, ¿eh?

—Firmes.

El pobre Tellagorri se olvido de decir Pirmes, como hubiera dicho estando sano.

—A esa sosa de la Ignacia—añadió poco después el viejo—le puedes dar lo que te parezca cuando se case.

A todo dijo Martín que sí. Luego acompañó al viejo, contestando a sus preguntas, algunas muy extrañas, y por la madrugada dejó de vivir Miguel de Tellagorri, hombre de mala fama y de buen corazón.

CAPÍTULO VIII