—¿Y qué?—dijo Martín.

—Que acabarían las ciudades.

—Para mí las ciudades están hechas por miserables y sirven para que las saqueen los hombres fuertes—dijo Martín con violencia.

—Eso es ser enemigo de la Humanidad.

Martín se encogió de hombros.

Poco después de media noche, la nieve comenzó a cesar y Capistun dió la orden de marcha. El cielo había quedado estrellado. Los pies se hundían en la nieve y se sentía un silencio de muerte.

Cantats, amics—dijo el gascón, a quien tanta tristeza y tanto reposo imponían.

—No nos vayan a oir—advirtió Bautista.

—¡Ca!—y el gascón cantó:

¡Oan! ¡Oan! lus de deuan lus de darrer que seguirán. Lus de darrer oan, oan, que seguirán a trot de can.