Subieron por la escalera de madera hasta el desván y llamaron en una puerta.

—¿Se puede?—preguntó Luschía.

—Adelante.

Zalacaín, a pesar de ser templado, sintió un ligero estremecimiento en todo el cuerpo, pero se irguió y entró sonriente en el cuarto. Bautista llevaba el ánimo de protestar.

—Yo hablaré—dijo Martín a su cuñado—tu no digas nada.

A la luz de un farol, se veía un cuarto, de cuyo techo colgaban mazorcas de maíz, y una mesa de pino, a la cual estaban sentados dos hombres. Uno de ellos era el Cura, el otro su teniente, un cabecilla conocido por el apodo de el Jabonero.

—Buenas noches—dijo Zalacaín en vascuence.

—Buenas noches—contestó el Jabonero amablemente.

El cura no contestó. Estaba leyendo un papel.

Era un hombre regordete, más bajo que alto, de tipo insignificante, de unos treinta y tantos años. Lo único que le daba carácter era la mirada, amenazadora, oblicua y dura.