—Bueno. Iremos a buscarlas. Si no las encontramos, os fusilaremos.
—Está bien—dijo fríamente Zalacaín.
—Marcháos—repuso el cura, molesto por no haber intimidado a sus interlocutores.
Al salir, en la escalera, el Jabonero se acercó a ellos.
Éste tenía aspecto de militar, de hombre amable y bien educado.
Había sido guardia civil.
—No temáis—dijo—. Si cumplís bien, nada os pasará.
—Nada tememos—contestó Martín.
Fueron los tres a la cocina de la posada, y el Jabonero se mezcló entre la gente de la partida, que esperaba la cena.
Se reunieron en la misma mesa el Jabonero, Luschía, Belcha, el corneta de Lasala y uno gordo, a quien llamaban Anchusa.