—¡Al menos moriremos juntos!
Milon bramaba de furor y blandía sus puños enormes repitiendo:
—¡Ah! los infames fenians!... ¡Los miserables!
En cuanto a Marmouset, callado y sombrío, contemplaba a su jefe.
Rocambole permanecía de pie, tranquilo y con la frente erguida; y parecía esperar el fin de aquel cataclismo con la serenidad del hombre que no teme la muerte, y que por una especie de fanatismo heroico, no cree deber llegar hasta haber cumplido su misión sobre la tierra.
En fin, la conmoción cesó poco a poco; el ruido fue disminuyendo, y las piedras de la bóveda dejaron de caer.
—¡Adelante! dijo entonces Rocambole.
Vanda se levantó lanzando fuego por los ojos.
—¡Ah! exclamó, nos hemos salvado.
—Todavía no, respondió Rocambole. Pero sigamos adelante.