El espectáculo era imponente, y capaz de conmover al hombre menos sensible.

Después de los primeros disparos, y tan pronto como los artilleros afinaron la puntería y fijaron matemáticamente las distancias, empezó á notarse que la metralla producía sus efectos; los núcleos rebeldes desaparecían como bloques de hielo derretidos por el sol, y cada vez que las piezas de montaña hacían caer en sus filas una granada de shrapnell, que estallaba con terrible estrépito, veíamos rodar por tierra jinetes y caballos en confusión espantosa.

Los alzados, que no esperaban sin duda el aguacero de proyectiles explosivos que caía sobre ellos, trataron de correrse á otra posición situada algo á retaguardia de la que en un principio ocupaban; pero allí también les alcanzaron el shrapnell y la metralla; y yo, que no perdí el menor detalle de la acción, puedo afirmar que la artillería cubana es irresistible, que la fijeza de sus disparos es asombrosa, y que los oficiales americanos que sirvieron de instructores á nuestros artilleros pueden sentirse orgullosos de sus discípulos.

Indudablemente que los cabecillas rebeldes se dieron cuenta de que permaneciendo en el sitio en que habían colocado sus líneas de fuego, serían aniquilados, por lo cual, y haciendo un esfuerzo desesperado, decidieron arrostrarlo todo y cambiar su frente de batalla, para venir á situarse sobre el flanco derecho de la columna.

Para ejecutar esta maniobra, los principales grupos rebeldes tuvieron que desfilar precisamente por delante de las cuatro piezas que vomitaban sobre ellos torrentes de metralla, y las bajas que sufrieron entonces fueron enormes.

De repente, y como para cerrar con broche de oro la jornada, el general Mendieta ordenó que las fuerzas del capitán Castillo, dando un rodeo, fueran á ocupar una posición situada á nuestra derecha, es decir, á la izquierda de los rebeldes, y precisamente hacia el sitio que estos intentaban ocupar. Las tropas de Castillo, llenas de arrojo y entusiasmo, ejecutaron brillantemente el movimiento, y apareciendo de improviso sobre unas lomas, acribillaron el campamento de los alzados con un nutrido fuego de fusilería.

En ese momento la corneta de la Guardia Rural tocó ¡A degüello! y el sargento Larrea, con guardias á sus órdenes, se lanzó á la carga, apoyado por el capitán Castillo y los tenientes Cajigas y Carrerá.

No aguardaron los rebeldes este ataque, y aunque algunos grupos trataron de hacerse fuertes en un guayabal colindante, pronto fueron desalojados de allí, después de un vivísimo tiroteo.

Yo, para no perder ningún pormenor de esta última etapa del combate, puse mi caballo al galope y corrí con los rurales, que al grito de ¡Al machete! barrían á los últimos alzados.

Los núcleos principales, al tratar de retirarse con dirección al ingenio "Hatillo" fueron atacados fieramente por una compañía de infantería, destacada allí para defender dicha finca, y viéndose acosados por todas partes tuvieron que huir en todas direcciones, refugiándose en los espesos montes, donde fueron perseguidos durante algún tiempo.