Era ya tarde, más de las once de la noche, y yo me encontraba departiendo con un grupo de jóvenes oficiales en el cuartel de la Guardia Rural de San Luis, cuando se presentó un ordenanza, que traía un telegrama urgente para el General Pablo Mendieta.

Como éste se había ya retirado á descansar, su Jefe de Estado Mayor, el Teniente Coronel Varona, rasgó el sobre, y tan pronto como se hubo enterado del contenido del despacho, se puso en pie de un salto y ordenó que le trajeran su caballo, partiendo inmediatamente á galope, acompañado del capitán García Vega.

Largo rato permanecieron ambos oficiales en las oficinas telegráficas, enviando y recibiendo mensajes, y durante ese tiempo, y á fuerza de preguntar, logré saber que una partida rebelde estaba incendiando el poblado de La Maya, y que se habían comunicado órdenes al comandante Julio Sanguily, que con su columna se hallaba en las inmediaciones de Songo, de acudir inmediatamente al pueblo atacado.

No tardó en aparecer en el horizonte un resplandor rojizo que fué poco á poco extendiéndose, y pronto enormes llamaradas nos indicaron con toda precisión el lugar en que se desarrollaba el sangriento drama.

"¡La Maya está ardiendo!", se gritaba por todas partes; y era desgarrador el espectáculo que ofrecían los pacíficos habitantes de San Luis, muchos de los cuales tienen parientes y amigos en el pueblo incendiado. Los infelices asaltaron la oficina del telégrafo, y con súplicas y amenazas pedían noticias de los seres queridos.

A las seis y diez de la mañana, y aprovechando el primer tren que parte de San Luis, salí con dirección á La Maya. En Dos Caminos, primera estación en que nos detuvimos, subieron al tren algunas familias, que, noticiosas de lo ocurrido en La Maya, se apresuraban á refugiarse en Santiago.

Después hizo una nueva parada el convoy en la estación de El Cristo, y allí se tomó mucho pasaje, particularmente mujeres, niños y norteamericanos.

En El Cristo cambié yo de tren, y pocos minutos después corría en dirección al destruido poblado.

Pocos eran los pasajeros que conmigo hacían el triste viaje, y hasta Songo fuí solo. En este pueblo subieron al vagón muchos viajeros, y pude observar que los vecinos del lugar hacían preparativos para abandonar sus hogares.

La población estaba alarmadísima.