Y clavó en mis ojos una mirada apasionada y profunda.

—Te oiré, alma mía,—repuse—si así lo quieres....

La doncella suspiró, quedóse pensativa largo rato, bajó los ojos abatida y triste, y sin mirarme dijo con inmensa ternura:

—¡Así te quiero!

Y siguió sin decir palabra, separando flores y cortando tallos. Le arrebaté las tijeras y el ovillo.

—Habla, Angelina....

—¡Quiera Dios,—replicó—que mi historia no sea para tí causa de pena!

En seguida agregó, variando de tono.

—¡Dame las tijeras y el ovillo.... Mira que si no me los das no tendrás flores en tu mesa... flores puestas por mí!

Le dí lo que pedía. Al dárselo observé que tenía los ojos arrasados en lágrimas. Quedó silenciosa largo rato, hasta que al fin logró dominar su emoción, y riendo, o fingiendo que reía, como un niño que va a contar un cuento, principió: