Linilla sonreía, besaba la flor, y me la daba. ¡Inolvidables besos! ¡Dulces besos recogidos en la corola de una rosa!


XXX

Tuvimos una fiesta de Navidad muy alegre, como nadie se la esperaba. Andrés vino y dijo a mis tías:

—Señoras; es preciso que tengamos fiesta. En años pasados la Noche Buena estuvo para nosotros muy triste.... Ahora no ha de ser así, no, señor, porque quiero que el amito esté contento. Todo corre de mi cuenta. A ustedes les tocará lo más penoso, disponerla, y hacer los buñuelos. ¡Sin buñuelos no hay Noche Buena! Allá usted, Angelina, usted que se pinta para todo eso. Pondremos la mesa en la sala, y usted, doña Carmelita, cenará con nosotros. No habrá nacimiento.... ¿Quién nos mete en dificultades? Yo bien quisiera, para que el amito se acordara de cuando era «coconete». ¿Te acuerdas? Pues ahí, en la bodega, en un cajón, están guardadas las casitas, y los pastores, y los rebaños, y el portal, y todo. Si tus tías quieren, hasta nacimiento habrá, Rodolfito.

Tía Carmen, con su buen humor de siempre, se soltó hablando:

—¿Pues sí, por qué no? Mañana nos ponemos a la obra, y la fiesta saldrá muy lucida. Programa: cena a las ocho de la noche; después acostaremos al niño, y luego: ¡a la misa del gallo! La madrina será....

—¿Quién?—preguntó Andrés.—¿Gentes de fuera? ¡No, no, que todo quede en casa! Pero, en fin, que Rodolfo decida....

—Gente de la casa,—contesté—como quiere Andrés; pero, de cualquiera manera, vendrá mi maestro.

—¿Don Román?—exclamó tía Pepilla.—No vendrá, Rorró, no vendrá.... ¡El pobrecillo no está para esas cosas!