—Primero: que si un día me olvidas, procures guardar en lo más hondo de tu corazón; allí donde no haya nada de otra mujer, un poquito de cariño para mí, un poquito nada más... para que cuando padezcas y llores puedas decir pensando en mí: «¡Angelina, consuélame!»

—¿Y qué otra cosa?

—Otra...—me respondió, sonriendo con inmensa tristeza:—Esto....

Y poniendo su trémula mano en mi cabeza, alisó mis desordenados cabellos, y mostrándome unas tijeritas me dijo dulcemente, en voz baja, como si temiese ser oída:

—¿Corto?

—Corta.


XXXV

En vano charló el P. Herrera esa noche. Nos contó memorias de su vida estudiantil; pero no consiguió alegrarnos, y cuenta que el buen anciano tenía mucha gracia para conversar. Todos estábamos tristes. El mismo, en cierto modo, participaba de nuestra tristeza. La enferma llamó a Angelina, y le dijo:

—Niña: ven a platicar conmigo; mañana te vas, y acaso no volverás a verme, porque, desengáñate, hija, mi mal no tiene remedio. El doctor dice que nervios; pero yo no creo nada de eso. El mejor día sabrás que me he muerto.... Pero, niña, no hablemos de eso; siéntate aquí, a mi lado. Voy a pedirte un favor. Mañana no te despidas de mí. Si Dios quiere darme algunos meses de vida, cuando vengas, después de Semana Santa, me verás. Y ya lo sabes, no irás a otra parte, no, porque nos darías un pesar muy grande. Ya sabes que esta es tu casa. Nosotras te queremos mucho, mucho, y vivimos muy agradecidas a tus bondades. Porque, dime, ¿qué necesidad tenías tú de convertirte en enfermera para cuidar de esta vieja achacosa? No, ya se lo dije al señor Cura, que cuando vuelvan a Villaverde vengan a esta casa, a esta pobre casa que es suya. Nosotras te queremos mucho, y Rodolfo lo mismo,—me lo ha dicho muchas veces—te quiere como a una hermana.