—Sí, tía, me iré; y no por gusto. ¡Bien sabe Dios cuánto me duele esta separación!... Pero no se aflija usted. Es necesario.... Estoy obligado a....
—¡A vivir con tus tías!—exclamó interrumpiéndome.
—Estoy obligado a subvenir a las necesidades de ustedes.
—¿Y no te basta con lo que ganas en la casa de Castro Pérez? ¿Te pedimos algo que no puedas darnos?
—No, tía; pero no puedo mirar tranquilamente la vida de trabajo que lleva usted. Andrés hace por nosotros cuanto puede, y el pobre puede poco. No me avergüenzo de aceptar sus favores; pero eso no debe seguir así, indefinidamente.... Ya sabe usted que en la casa de Castro Pérez gano poco, y que no es posible ganar más.
—Pues yo creo que allí está tu porvenir....
No pude menos de sonreir al escuchar a mi pobre tía.
—¿Mi porvenir?
—Sí.
—No, tía; yo no me pasaré la vida escribiendo alegatos. Ese trabajo me mata. No porque sea rudo, sino porque es insuficiente. Prefiero las faenas agrícolas y la vida agitada de los campos que dan salud y buen humor.