—Bueno;—me dijo ese día, al acabar la cena,—acompáñame. Toma tu sombrero y vente conmigo. Tengo que decirte muchas cosas.

Caminando hacia el Barrio Alto, Andrés a la derecha, yo a la izquierda, conté al buen viejo cuanto me pasaba; los dichos de Castro Pérez, la hipócrita calumnia de Ricardo, y por último, le hablé de mis esperanzas.

—No te apenes;—me decía conmovido—no te apenes que no hay para qué; eso es cosa diaria y corriente en Villaverde. Mira, yo podría estar muy bien en cualquiera parte; entiendo de tabaquería, y muchas veces han querido destinarme... pero no, no quiero, en el tendajón estoy mejor; allí mando yo; y como Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como. ¿Crees tú que todos los amos son como tu padre y tu abuelo? No hagas caso de esos falsos testimonios; no, muchacho, no hagas caso de esas cosas; desprecialas, desprecialas, porque nadie ha de creer en ellas. Y vete, vete a Santa Clara, que allí estarás muy bien. Y, oye: ya que de eso hablamos: ¿tienes plata?

—¿Plata?

—Sí, ¿qué si tienes dinero?

—¿Dinero? Para esta semana, y... ¡nada más! Yo contaba con ganar algo en estos quince días... pero ya lo sabes.... Castro Pérez me obligó....

—Hiciste bien. ¡Bien hecho! ¿De modo que necesitarás algo?

—¡La verdad... sí!—respondí sonrojado.

—No te apures, Rorró. Mientras ganas en tu nuevo destino, no te apures. Además... creo que necesitas ropa para ir a la hacienda. No has de ir vestido de catrín. Ahora arreglaremos eso.

En esto llegamos a la tienda de «La Legalidad». Andrés, abrió la puerta, me hizo pasar, encendió una lámpara, me dejó un rato, y volvió con un rollo de pesos.