—No, señorita...—murmuré sonriendo.—A las veces se me va el pensamiento hacia Villaverde, en busca de los que me aman....
—Y más allá... más allá... detrás de esas montañas que atraen las miradas de usted.
Sonrió la niña, y me señaló a lo lejos los picos más altos de la Sierra, y agregó:
—Diga usted: ¿No es en aquellos valles donde está el pueblo de San Sebastián?
—Sí.
—Pues... ¡allí está Angelina!
LII
De madrugada, antes de salir el sol, monté a caballo y salí de la hacienda camino de Villaverde.
Era domingo. Delante de mí avanzaban lentamente algunos peones y una media docena de rancheros que iban al tianguis, jinetes en malas caballerías. Clareaba el alba en la cima de los montes, y sobre la esplendorosa claridad del sol naciente se dibujaban los perfiles boscosos de los cerros de Villaverde, las grandes moles de la cordillera meridional, y las montañas de Pluviosilla envueltas en los vapores matinales que parecían gasas hechas girones en los picachos. Repicaban alegremente en el campanario de una aldea cercana, y del profundo lecho del Pedregoso, protegido por los ahuehuetes y los álamos, se alzaba espesa y se desvanecía vagarosa blanquecina nube que velaba las arboledas.