—Linilla, ¡perdóname, perdóname! ¡He faltado a mis promesas! Te he olvidado un instante, ¡pero un instante nada más! ¡Por piedad! ¡No me niegues tu cariño!... ¡Mira que sólo vivo para tí, para tí, Linilla mía!

No paré mientes en la música. Cuando dejó de sonar el piano advertí que Gabriela estaba cerca de mí.

—¡Qué de noticias interesantes traerán los periódicos, Rodolfo, cuando abismado en la lectura no ha oído usted la sonata aquella...!

No supe como disculparme; murmuré torpes excusas, alabé una pieza que no había yo escuchado, y me levanté para despedirme.

Habló don Carlos de Villaverde, del día de la Cruz, del paseo en la Alameda y en la colina del Escobillar, y de la fiesta del Cinco de Mayo. Dijo la señora que Pepillo deseaba pasar ese día en Villaverde, se resolvió darle gusto, y la salida quedó acordada para el día siguiente.

En los momentos de retirarnos me detuvo don Carlos:

—El día cinco le esperamos a usted. Verá Usted a sus tías y comerá con nosotros. En la Plaza es la fiesta, y sin salir a la calle lo veremos todo: el paseo cívico, y los fuegos... ¡que será cuanto habrá que ver!


LIX

El día dos, al caer la tarde, llegó Mauricio. Me trajo una carta de tía Pepilla: