—Nosotros nos colocaremos en esa ventana. Dejaremos la otra para Pepillo que se divierte mucho con estas cosas....
Repito que nunca me pareció más bella la rubia señorita. Cuando la contemplé a la luz del quinqué la vi como envuelta en una atmósfera de oro. Todos mis proyectos vinieron a tierra; la pasión adormecida se despertó anhelante, y la imagen de Linilla, presente hasta ese momento en mi memoria, se desvaneció de pronto en las tinieblas del olvido. Me sentí sin fuerzas ante la hermosura de Gabriela, vencido, avasallado.
—Sopla un viento muy fresco... cosa rara en este mes. Sin duda ha llovido en la Sierra.... ¿No tiene usted frío? Yo sí. Será porque estoy muy nerviosa. Voy por un abrigo.
Se dirigió a la recámara. Mis ojos la siguieron.... A poco salió envuelta en un chal anchísimo, de felpa de seda, color de púrpura.
—Vea usted:—exclamó, sentándose en una mecedora,—cerca tenemos el castillo....
En aquel instante levantaban frente a nosotros a cincuenta pasos de la acera, un árbol de fuego, la pieza principal, que era saludada por los granujas con jubiloso vocerío. Los discípulos de Bemoles volvían a la carga con festiva polca, «Arlequín», muy en boga a la caída del Imperio y popularizada por los famosos músicos de la Legión austríaca.
—Deseaba yo hablar con usted, Rodolfo. Tengo que contarle muchas cosas; tengo que darle muy alegres noticias....
—¿Alegres noticias?
—Sí, muy alegres....
—Veamos cuáles son.