—Diga usted, Gabriela...—dije muy quedito....
—¡Me ha escrito! ¡Me ha escrito! ¡Una carta muy tierna, una carta muy sentida!
—¿Quién?
—Ernesto.
—¿Sí?
—¿Le sorprende a usted?
—No... pero no lo esperaba. La resolución de usted... los deseos de don Carlos....
—Mi padre cederá.... En cuanto a mí.... Soy mujer, esto es, soy débil. Ernesto me ama, ¡estoy segura de ello!... Ahora me escribe, implorando mi perdón. Ruega, suplica, y no puedo despreciarle porque le amo.... Puede mucho una mujer.... Yo mataré en el corazón de Ernesto esa pasión funesta... yo seré su ángel tutelar... y cuando le vea yo regenerado, cuando haya dejado para siempre ese vicio horrible... ¡le daré mi mano! Dicen que soy hermosa, dicen que soy inteligente, que soy amable.... Pues bien, todas esas cualidades me servirán para redimirle.... ¿Aprueba usted mi pensamiento?
—¿Y si no consigue usted lo que se ha propuesto?
—Entonces.... ¡Entonces seguiré amándole como ahora! ¡Si es mi primer amor, mi único amor!