Lo comprendí todo. Sentí que se me desgarraba el corazón, que la sangre se me subía al cerebro. Al apearme del caballo ví, sin quererlo, el cadáver de mi madrina. Estaba velado con un lienzo blanco.

Andrés me recibió en sus brazos.

—¡Bien te lo decía el corazón!

Vacilante, sin saber lo que hacía, me dirigí a la sala, apoyado en el noble servidor que no podía contener los sollozos.

Tía Pepa salió a mi encuentro, reclinó en mi hombro la encanecida cabeza, y sin decir una palabra me abrazó fuertemente.


LXIII

Cuando regresamos del cementerio me retiré a mi cuarto. Allá me siguió Andrés. Sentado cerca de mi pretendía distraerme con no sé qué historias de mi infancia. Yo le oía sin contestar. De pronto entró mi tía.

—Rorró: ¿te dieron una carta de Angelina?

—No.