Buscaba yo rostros conocidos, y muchos vi, pero empalidecidos, como fotografías borradas. Todas las gentes me miraban curiosas, como si quisieran reconocerme, para llamarme por mi nombre. Temerosas de un chasco no se atrevían a hablarme, y se daban por satisfechas con verme de pies a cabeza y examinar mi traje de cortesano. Me pareció que unas a otras se preguntaban al verme:
—¿Quién es éste? ¿A qué vendrá?
¡Pobre de mí que había soñado con un recibimiento caluroso! Todos me conocían, me vieron crecer y me tuteaban.... Me detuve en un tenducho, y pregunté por don Román López. El tendero salió a la puerta, y señalándome una casa me dijo:
—¡Allí, joven, allí!... ¡En aquella casa pintada de amarillo! El ruido de los muchachos le dirá ¡dónde! ¡Allí está la escuela!
¿Y si mi buen maestro, si el pomposísimo no me recibía cariñosamente? Eché calle arriba, y llamé a la puerta de la Casa de Estudios. Así solía decir el dómine. No gustaba de que su establecimiento fuese equiparado ni con la Escuela del Cura ni con la Escuela Nacional.
Un chico abrió la puerta. Un muchacho jetudo, de cabello erizado y ojos lacrimonos. Había tormenta. Alguna tempestad producida por un concertado gallego o por alguna oración de infinitivo revesada y de tres bemoles.
El granuja sonrió al mirarme, viendo en mí el iris de la suspirada bonanza.
—¡Pase usté!—me dijo.
—¿El señor maestro?...
—¡Pase usté!