Un campanillazo solía poner término a nuestra conversación. Era que tía Carmen llamaba.
—¿Dónde está mi Angelina? ¿Qué hace mi Angelina que no viene?
XII
Entonces iba yo a saludar a la enferma. La pobrecilla pasaba muy malas noches. Padecía insomnios, y ataques de convulsión que la obligaban a dejar el lecho por algunas horas y a pasearse por el aposento, apoyada en el brazo de Angelina.
—¡Es para mí una hermana de la Caridad!—me decía la tía Carmen.—Conmigo no tiene la pobrecilla sueño tranquilo.
Y a Angelina:
—¡Pobre de tí! ¡Eres muy buena, muy buena! ¿Qué obligación tienes de velar mi sueño? Me da pena llamarte, ¡sí, me da pena! Si lo hago es porque no quiero despertar a Pepa. La infeliz cae rendida, y ya no está para eso.
En tanto que yo conversaba con la enferma, en el corredor más lejano se reunían los discípulos: veinte o treinta niñitos de las principales familias de Villaverde; un coro de querubines traviesos y mimados.
Pronto resonaba en el patio el rumor alegre del estudio. La buena señora daba lección a cada niño, y luego se ponía al trabajo en una mesa larga y angosta.