—¿Qué me trae usted?
—Lo más hermoso que pude hallar.
La huérfana recibía las flores y corría a examinarlas. Mirábalas una a una, aspiraba su aroma, y en la corola de la más bella, en el ramillete más lindo, dejaba un beso silencioso que yo me apresuraba a recoger.
Por aquel beso hubiera yo subido entonces, en busca de flores, hasta lo más encumbrado de la sierra; ahora no caminaría yo cien metros en busca de una rosa, así fuese para obsequiar a la mujer más bella. Llamo a un jardinero, le encargo un ramillete, y... ¡listo!
XVII
De noche me quedaba en casa, conversando con la enferma o charlando con Angelina. Ella y tía Pepa hacían sus flores, y yo hojeaba un libro o leía para mí.
—¡Lea usted en voz alta!—solía decirme la doncella.—Lea usted algo bonito....
—¿La vida del santo del día?
—¡No!—contestaba en tonillo suplicatorio, haciéndome un mohín de niña mimada.