—¡Ah!—prorrumpió la joven.—¡La fiesta de Todos Santos! ¡Ni quien se acordara!

Levantóse y salió.

Cuando quedamos solos tía Carmen me dijo:

—Ven, acércate.

Y mirándome tristemente agregó:

—No seas causa de que una mujer llore un desengaño; no, Rodolfo, ¡no hagas eso! No puedes imaginar qué de males ocasiona un hombre cuando miente amor. Mira, lo sé por experiencia. Cásate con quien quieras....

—Tía: yo no lo haré nunca movido por el interés y la codicia....

—Muy bien. Apruebo ese modo de pensar. Pero si te es posible conciliar (por supuesto que sin mengua de tu decoro) el amor y la conveniencia, ¿por qué desdeñar a una mujer rica? Por eso te decía yo que Gabrielita....

—Sí, tía, sí; tiene usted razón; pero, créame usted: si algún día pienso en casarme, no consultaré más que a mi corazón.