Era su voz tan débil que apenas la oíamos. En nuestra congoja creímos por momentos que iba a expirar.
En esto llegó el doctor.
—¿Qué tenemos de nuevo? Vamos, vamos.... ¿Qué tal, mi señora? ¡Esos nervios! ¡Esos nervios!
Sentóse cerca de mi tía, y mientras conversaba con nosotros y bromeaba con Angelina estuvo observando a la enferma.
—No hay cuidado....—repetía.—¡Esto pasará, pasará!.... Es un accidente penoso, pero que no debe preocuparnos. Vamos, mi señora doña Carmen: ¡ánimo, ánimo, que ya todo pasó! ¿Dónde está ese valor famoso? Veamos esa lengua.... ¿Y el apetito? ¿Bien? Pues ¡calma, y valor, valor!
Y dirigiéndose a la joven:
—Vaya, niña: una tacita de té de hojas de naranjo, con unas gotas de éter.
La enferma parecía no poner atención a los dichos del médico, y me miraba dolorosamente, como si quisiera decirme. «¡Ya lo ves! ¡No creo en nada de esto!»
Recetó Sarmiento unas cucharadas y una pomada. Le acompañé hasta el zaguán.
—Doctor; dígame la verdad.... ¿Cómo ve usted a mi tía?