¡Cuánto agradecí al facultativo su desinterés! Bien sabe Dios que nunca he olvidado tanta generosidad; pero esa noche me sonrojé, me dio vergüenza aceptar los servicios del médico, sin retribuirlos debidamente.

—Vamos...—prosiguió don Crisanto, en tono afable,—¿ya te resolvió Castro Pérez? ¿Vas a servirle de amanuense?

—El martes estaré por allá. No entiendo nada de esas cosas....

—Bueno; pero todo se aprende. Hijo: ¡eso es el huevo de Juanelo! ¿Cuánto vas a ganar?

—No lo sé todavía.... De seguro que será poco.

Sonrió Sarmiento, me hizo una caricia, y me dijo en voz baja, casi al oído:

—¡Ten paciencia! Yo te buscaré algo mejor. Más bien dicho, ya tengo para tí una colocación. No todo sale a medida del deseo, y no podremos contar con el destino hasta dentro de dos meses, a principios de año. Fernández necesita un empleado en su hacienda de Santa Clara. Allí ganarás un poco más.

—Temo una cosa....

—¿Cuál? ¿No servir para el caso?

—Sí... ¡qué entiendo yo de cosas de campo!