Al verme se detuvo:

—Amiguito: ¿va usted a donde todos, no es eso? ¡Vengo medio muerto!

—¿Llegó usted hasta la cascada?

—¡Guárdeme el Cielo! No pasé de la puerta, y ya no puedo con mi humanidad.

Echóse para atrás, y mirándome por sobre las gafas agregó:

—Ayer escribí a López.... Tendré mucho gusto en darle a usted el empleo. Me gustan los jóvenes como usted. ¡Ya veremos! Ya veremos si encuentro en mi nuevo amanuense lo que deseo y he buscado siempre: un joven «inteligente, activo y útil...»

—Mañana me tendrá usted por allá.

—¡Bien! ¡Bien! A las nueve.... ¡A las nueve en punto!... Me gusta mucho la exactitud.

Iba yo a seguir la conversación; pero el abogado me interrumpió bruscamente y tendiéndome la mano me dijo:

—¡Adiós! ¡Que usted se divierta!