Un día Quintín estaba de vena. Se hablaba de las costumbres de Villaverde. Porras las censuraba con la mayor acritud; el abogado las defendía, y Linares decía que habían variado mucho, y que él no se explicaba el cambio de ellas.
—Veamos claro;—decía lleno de fuego el amigo Quintín,—veamos, don Cosme; veamos claro, don Juan: ¿se quejan ustedes de que hay en nuestra tierra muchos jóvenes holgazanes? Tienen ustedes razón; los hay, y son más de los que ustedes suponen. ¿Lamentan ustedes la corrupción de los «villaverdinos» («villaverdinos» con perdón de usted), que crece más y más cada día? Pues voy a explicar la causa de todo eso. ¡En dos palabras! ¡En dos palabras! No; en dos palabras no; pero veré de explicarlo brevemente.
Encendió el apagado puro, tomó aliento, se pasó la mano por los bigotazos, y prosiguió en tono dulce, persuasivo, apacible, como si quisiera agradar a sus interlocutores:
—Vean ustedes: el mundo siempre ha sido mundo; corrupción la hubo siempre; por algo mandó Dios el Diluvio. ¿Quién se atreve a tirar la primera piedra? ¿Vamos, quien? ¿Usted, Licenciado? ¿Usted, mi señor don Cosme?
Y los miraba de hito en hito. El abogado se acariciaba el abdómen con cierta complacencia de epulón, y Linares bajaba los ojos humildemente, y enclavijaba las manos larguiluchas y exangües, como diciendo:—«¡Soy un gran pecador!»
—Pues bien: corrupción siempre la hubo, aquí en esta levítica ciudad, y en Pluviosilla, y... vamos, ¡en todas partes! Vagos y ociosos no faltan en parte alguna. Ahora bien: ¿por qué son tantos en Villaverde?
Don Cosme movía la cabecilla y hacía un gesto de duda, para decir:—«¡No lo sé!» Castro Pérez se componía las gafas.
—Voy a decirlo, ¡porque en esta tierra no tiene porvenir la juventud! ¡Porque los horizontes son obscuros! Y todos, usted, don Juan; y usted, Linares; y yo; todos los villaverdinos, sin excepción alguna, nos empeñamos en cerrar a los jóvenes el camino de la prosperidad. ¡Esto es lo cierto!
¿Dudan de ello? Vamos al grano; dígame usted, mi señor don Juan, hágame el favor de decirme: ¿cuánto gana ese muchacho que tiene usted aquí, y que trabaja de la mañana a la noche? Veinte pesos al mes. ¡Y me parece mucho! ¿Cree usted que con eso pueda vivir?
Don Juan iba a contestar: