Los españoles estamos sobrecogidos de admiración, el espectáculo de hoy vale el viaje y compensa las amarguras de toda clase que aquí hemos pasado. Es difícil ver ya en este orden de cosas algo semejante á lo que hemos presenciado y aplaudido.

Concas desembarca seguido por los marinos de guerra y la Delegación española en la explanada que hay enfrente del palacio de Agricultura, en donde esperan, en perfecta formación, tropas inglesas, alemanas, rusas, italianas, infantería, caballería y artillería de los Estados Unidos, y cerrando el cuadro, caballería árabe, con sus típicos albornoces y espingardas, dando á todo un colorido riquísimo que sólo el pincel de Fortuny sería capaz de copiar fielmente.

Las carabelas Niña y Pinta

El resto de la fiesta entra ya de lleno en el cliché cursi americano; cuatro ó cinco señores subidos en alta plataforma peroran largo rato ensalzando la gloria de Colón y la civilización americana, aplaudiéndose frases como ésta: «es una gloria ser español, es una gloria ser inglés, es una gloria ser americano, pero es más glorioso ser hombre»; y como yo no entiendo el alcance de estos pensamientos, también aplaudo con los que aplauden, poniéndome á la altura del gran pueblo americano.

No podía faltar el lunch, el champagne, extra-dry, los brindis de rúbrica, y cuanto da á los grandes acontecimientos actuales el aire de vulgaridad de los tiempos democráticos que atravesamos, y que son el triste despertar de todo el que siente, piensa y padece en este mundo de miserias.

No es fácil que baste esta sencilla descripción para formar concepto claro de lo que he visto en este día memorable; ha sido todo ello tan hermoso, que ni la imaginación pide más color, ni el pensamiento más grandeza, ni el corazón goce más sentido. Si el espíritu de Colón pudo presenciar tanta belleza, bien pudo creer que aquel paraíso soñado lo crearon los hombres para su gloria, en un solo día y una sola fiesta, á orillas del gran lago Michigan.


La catástrofe