En los Palacios, la mise en scène, para el que no busca detalles y primores de organización, para el que no estudia, ni compara, la obra de conjunto parece harmoniosa y muy lucida; el profano halla aquí cuanto puede colmar las ansias más exageradas de aire, color y luz; el inteligente, en cambio, observa forzosamente algo que denota precipitación en el procedimiento y en la ejecución.

Pero aun así, el que quiera estudiar, halla aquí recursos agobiadores; el que sabe buscar, siente forzosamente las tristezas de no poder acaparar los inmensos tesoros que la ciencia universal y el arte en todas sus manifestaciones han acumulado en este recinto digno de llamarse pomposamente World’s Fair, la feria del mundo, pero feria colosal en que los antiguos moldes ni siquiera han merecido respetos de anticuario, tan radicales han sido los cambios realizados en la pompa conque se ha desenvuelto en América, la Exposición de Chicago. Aun prescindiendo del marco, de sin igual hermosura; del edificio holgado y portentoso, de las solemnidades con que se han festejado aquí las manifestaciones de las ciencias y las artes, el que recuerde el tenderete adornado con unos cuantos cabos de vela iluminando vistosas baratijas, esbozo, con su cubierta de lona contra el sol y la humedad, de los esplendores de hoy, el ánimo queda sobrecogido de admiración ante los nuevos horizontes que la ciencia y el arte del ingeniero descubre cada día, señalando á las sociedades recursos inagotables de riqueza y bienestar.

El triunfo de la electricidad en Chicago ha de consignarse en la historia del progreso humano como un suceso glorioso. Y es que el que ahonda en la materia halla resuelto un problema trascendental; la aplicación de la electricidad á todos los mecanismos y á todas las necesidades de la vida no significaría gran cosa, si sólo se tratara de la luz que deslumbra, de la fuerza que avasalla, de la electrolisis que admira, ¿que importaría todo eso, aun siendo tan prodigioso, si en el fondo del problema no se hallara la solución del aprovechamiento intensivo de las fuerzas vivas de la naturaleza, y con ella, la modificación radical del trabajo redimido por esas mismas fuerzas? Durante siglos las hemos contemplado con los brazos cruzados sin saberlas aprovechar, cegados por la ignorancia, embrutecidos por la miseria, hasta que la ciencia, esencia purísima de Dios, nos ha enseñado que la naturaleza trabaja para el bienestar del hombre diciéndole, «aquí tienes el trabajo incesante de la materia, mis leyes te muestran que las aguas al despeñarse, el aire al cambiar de densidad, las olas al agitarse en la superficie de los mares, los agentes telúricos al correr por los estratos terrestres, son fuerzas que obran constantemente en el mundo y que te doy gratis con la única condición de que sepas transformarlas y conducirlas á tu antojo para tu bien y el de la humanidad. Durante siglos te he mostrado en las nubes el agente propulsor de la vida, te he deslumbrado con sus rayos, y su fulgor no te ha dicho hasta ahora que aquel agente indómito es luz, es calor, es fuerza... es vida, en fin, de las sociedades hambrientas de paz, amor y caridad.»

Y al reunirse tantos portentos en Chicago, el que ha estudiado su esencia, prescindiendo de tanta luz y tanto color, en aquel inmenso mecanismo, obra de una lucha gigantesca, ha visto que la apoteosis eléctrica es la nota culminante del Certamen, nota reveladora de un cambio social fundado en la solución de un problema acogido con simpatía en todas partes: el aprovechamiento intensivo de las fuerzas naturales, y la modificación honda de todos los instrumentos del trabajo.

Aquí tienes, lector; sintetizada, en mi concepto, la labor del gran Certamen americano: no hay en él cosas nuevas reveladoras de enseñanzas fecundas, pero hállanse aquí realizadas, en espacio reducido, convertidas en lo tangible y en lo práctico, lo que la fama pregona por el mundo, como bueno, útil y provechoso.

Descarta, pues, la balumba de las fiestas, las mascaradas, las democracias americanas luciendo sus abigarrados batallones, las paradas, los banquetes y los saraos, los congresos y las discusiones, fárrago indigesto de la garrulería universal y fíjate en lo porvenir, lleno de esperanzas, porque el bien, que es fecundo, que es obra de Dios, y por tanto, lo absoluto, ha de vencer aquí, como en todas las inmensidades del espacio infinito, al mal, que es contingente y forma pasajera del error y la ignorancia.

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Todo ha terminado; la fiesta de clausura se ha convertido en día luctuoso y de vergüenza. Un malvado, un ambicioso, acaba de asesinar á Harrison, al Mayor de Chicago.

Las fiestas, los discursos, las galas de la ciudad se transforman en ayes de dolor y fúnebres crespones, concluyendo tristemente una de las glorias más puras de la América del Norte.