Cuando el Sol se puso, llegó Comín con los cincuenta conejos que le habían entregado, ni uno más ni uno menos; y al día siguiente volvió a salir con ellos y los dejó que se fueran a retozar con toda tranquilidad. Poco después llegó la Reina disfrazada, muy empolvada y con mucho colorete, pero a pesar de todo Comín la conoció, tocó el pito y los animalitos llegaron corriendo y se congregaron a su rededor.

—¡Qué lindos los conejitos! ¿son para venderlos?

—No se venden, señorita; son del Rey y tengo que entregar en la tarde los cincuenta que son, porque si falta alguno nos fusilan a mí y a mis compañeros; con que usted verá si puedo vender uno solo que sea.

—Pero uno siquiera.

—¿Pero que no ha entendido lo que acabo de decirle? Si falta uno solo de los cincuenta conejos que me han entregado, nos despachan a mí y a mis cinco compañeros para el otro mundo.

—¿Y si le diera 5.000 pesos por uno?

—Ni aunque me dé 10.000.

—¿Ni por 20.000 pesos?

—Ni por 50.000; valen más mi vida y la de mis cinco amigos.

—Mire, le daré 100.000 pesos.