—¿Y cuál será esa última prueba, señor?
—Coge ese saco y llénamelo de verdades.
—Perfectamente, señor, y si quiere le lleno dos. ¿Puedo comenzar luego?
—Puedes comenzar.
La Corte estaba reunida, el Rey sentado en su trono; la Reina, con su cogote entrapajado, a la derecha del Rey; Hermosura del Mundo, a la izquierda; la Bruja, al lado de la Princesa; y a uno y otro lado de la gran sala, los grandes de la Corte y principales dignatarios y funcionarios. Se adelantó Comín, tomó el saco que se le había indicado y principió:
—¿Es verdad, señor, que para conceder la mano de Hermosura del Mundo vuestra Majestad antes no pedía sino que se le construyera en tres días y de tres azuelazos un castillo igual o mejor que el de su Sacarrial Majestad y en el cual se vieran el Sol y la Luna?, y que en esta vez, a exigencias de vuestra hija la Princesa Hermosura del Mundo, que me encuentra muy guatón y ordinario, me ha obligado vuestra Majestad a ejecutar muchos otros trabajos, a cual de ellos más difícil?
—Sí, es verdad.
—Y muy grande. Entra, verdad, al saco.—Y haciéndose como que echaba algo al saco, continuó:
—¿Es verdad, señor, que ejecutados todos los trabajos a entera satisfacción de su Majestad, vuestra Majestad, por consejos de esa Bruja infernal dispuso se me entregaran[{131}] cincuenta conejos que debía soltar en la montaña y traerlos en la tarde, durante tres días, sin que faltara uno solo, so pena de la vida de seis personas, y que la misma Bruja, transformada en una hermosa niña, trató de quitarme uno de los conejos para que vuestra Majestad nos mandara fusilar a mí y a mis cinco compañeros; pero yo la conocí y no bastaron ni sus ofertas, ni sus tentaciones y demás argucias de que se valió para que yo le entregara uno?
—También es verdad.