La fiesta, que había comenzado en medio de la mayor tristeza, pues la vista del negro los tenía a todos desazonados, se tornó en francamente alegre y terminó con la celebración del matrimonio del hijo del pescador con la princesa.

Cuando los novios estuvieron en sus habitaciones, el joven se asomó casualmente a una ventana y vió que a la distancia se elevaba una gruesa columna de humo rojizo.

—Parece que hay un incendio—dijo Francisco a la Princesa.

—No es un incendio—le contestó ella;—es el humo de la fogata que todas las noches encienden en el castillo de la «Torderás, irás y no volverás».

—¡Qué nombre más raro tiene ese castillo!

—Se llama así porque el que a él va, no vuelve.

—Pues no le valdrá a ese castillo el nombre de la «Torderás, irás y no volverás», porque yo iré y volveré.

La princesa rogó con insistencia a su marido que no fuese, que no se expusiera al peligro, pero Francisco le contestó:

—Si triunfé del Culebrón que tanto daño causaba al reino, ¿por qué no venceré los peligros que en el castillo puedan presentárseme?

Y saliendo de las habitaciones, se fué a la caballeriza y sin más compañía que su fiel perro partió a la luz de la Luna.