—¿Cómo no lo he de estar, mi Princesa—le contestó Gallarín—siendo que el Rey me ha dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante y me traje los tres gorros, tenía que traerle el Loro adivino?
—No se te dé nada—le dijo la Princesa;—lleva este pan y este frasco de vino y le dices al Loro:—«Mira, Lorito, este es del pan que comías y del vino que tomabas antes en el reinato de tu antiguo dueño».—«¿Dame?», te dirá él.—«No te doy», le contestarás tú.—«¡Dame un poquito, aunque más no sea!» te replicará.—Y entonces tú le darás pan sopeado en vino, y cuando ya esté curado, lo agarras; y no tengas cuidado, suceda lo que suceda. Te advierto que el Gigante, cuando está con los ojos abiertos, está durmiento, y si tiene los ojos cerrados, está despierto.[{193}]
Partió Gallarín para el castillo y encontró al Gigante con los ojos abiertos; pasó de puntillas por delante de él para no despertarlo, y llegando hasta donde estaba el Loro, le mostró el pan y el vino que llevaba.
—Mira, Lorito, este vino es del que tomabas y este pan del que comías antes, en el reinato de tu antiguo dueño.
—¡Ay! qué ricos eran! ¿dame?
—No te doy.
—Dame un poquito, aunque más no sea, para probarlos.
Entonces Gallarín mojó un pedazo de pan en el vino, que era muy añejo, y se lo dió al Loro, que lo comió con ansias; y le dió más y más hasta que el pan y el vino se acabaron y el Loro quedó completamente borracho. Entonces Gallarín lo agarró para huir con él; pero apenas el Loro se vió cogido, comenzó a gritar desaforadamente:
—¡Amito! amito! que me llevan!
A los gritos despertó el Gigante, asió a Gallarín y lo amarró de pies y manos a un poste, en el último patio del castillo, para comérselo después.